Miss Julie

  “El trágico destino de Miss Julie está motivado en un  buen número de circunstancias: el instinto primario de su madre; la inadecuada manera en que la cría su padre; su propia naturaleza y  la influencia del hombre en un cerebro débil y degenerado. Además de, más particularmente: la atmósfera festiva de la noche de San Juan; la ausencia de su padre; su indisposición mensual, sus ocupaciones con los animales; el efecto provocativo de la danza; el mágico crepúsculo del solsticio de verano; la poderosa influencia afrodisíaca de las flores y, finalmente, la casualidad que lleva a la pareja a estar a solas en una habitación, amén del atrevimiento del hombre excitado.” [1]  

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Liv Ullmann, en su adaptación del drama de August Strindberg, capta el sentimiento esquizoide y ansioso-depresivo que envolvió la obra y vida del dramaturgo sueco. Lo mejor de su melancolía y de su poesía, que entrelazados con su naturalismo y su misoginia inherente al darwinismo del cual era prosélito, recrean un retrato descarnado del comportamiento humano.

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El valet John (Colin Farrell) desenmascara la doble cara del rol masculino. La falta de simpatía y remordimientos de esta adaptación hacia el personaje lo dotan de realismo y se materializan en una interpretación apasionada y llena de matices. De la resignación a la mezquindad, su frialdad, su audacia, su excitación, son las propias del hombre que se oculta tras las palabras de Strindberg.

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Miss Julie (Jessica Chastain) capta la inocencia, lujuria e histeria de la que impregnaban los escritores clásicos a las mujeres. Los ángulos de su rostro y la luz de sus ojos la dotan de un excelso patetismo; mientras que la fragilidad de su figura recuerda al tallo de una flor siempre al punto de quebrarse, que colisiona con el ardor de sus labios, sus palabras, y su cabello de fuego. Una ninfa prerrafaelita del siglo XIX.

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Los temas favoritos de los prerrafaelitas están presentes en esta obra, a través no sólo de su fisonomía y la paleta de colores del filme, sino también de sus temas. Hay ecos de Ophelia desde la Julie niña:

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Quizá porque Liv Ullmann se ha sumado a los artistas que han visto en ella lo mismo que Gaston Bachelard:

“Ophelia es el símbolo del suicidio femenino.
Es realmente una criatura nacida para morir en el agua”
. [2]

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Los encontramos también en las relaciones Julie/John y Ophelia/Hamlet:

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Hamlet
Yo te quería antes, Ophelia.

Ophelia
Así me lo dabais a entender.

Hamlet
Y tú no debieras haberme creído, porque nunca puede la virtud ingerirse tan perfectamente en nuestro endurecido tronco, que nos quite aquel resquemor original… Yo no te he querido nunca.

Ophelia
Muy engañada estuve.

Hamlet
Mira, vete a un convento, ¿para qué te has de exponer a ser madre de hijos pecadores? Yo soy medianamente bueno; pero al considerar algunas cosas de que puedo acusarme, sería mejor que mi madre no me hubiese parido. Yo soy muy soberbio, vengativo, ambicioso; con más pecados sobre mi cabeza que pensamientos para explicarlos, fantasía para darles forma, ni tiempo para llevarlos a ejecución. ¿A qué fin los miserables como yo han de existir arrastrados entre el cielo y la tierra? Todos somos insignes malvados; no creas a ninguno de nosotros, vete, vete a un convento… [3]

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Hamlet
Si te casas quiero darte esta maldición en dote. Aunque seas un hielo en la castidad, aunque seas tan pura como la nieve; no podrás librarte de la calumnia. [4]

honra

    En la obra de teatro John se refiere a Julie como “loca” en las primeras líneas. Otro rasgo que recuerda a Ophelia y al tratamiento dado a muchos personajes femeninos en los textos clásicos. Es lo que Erin E. Campbell interpreta como una manifestación literaria del diagnóstico común que realizaban los facultativos desde el Renacimiento ante la presencia de ciertos síntomas melancólico-eróticos en una mujer. Una histeria — según la ciencia masculina —, sumada a lo que se ha llamado en términos psicológicos “the suffering of the mother”:     

   “Ophelia sufre de histeria, una enfermedad que se achacaba comúnmente a las mujeres de clase alta al pasar el tiempo en las casas de sus padres mientras esperaban ver realizados sus roles, impuestos culturalmente, de esposas y madres.” [5]   

histeria

   La propia Campbell señala que dicho malestar psicológico provenía de la imposición de los valores de la época, coartadores de la libertad femenina: “frustración sexual, desamparo social y  un control forzoso sobre los cuerpos de las mujeres”Ullmann profundiza en la psique de Julie, aunque olvida mencionar los aspectos psicológicos de la madre que nos llevan a inducir que sufría de algún tipo de depresión. En la adaptación observamos, eso sí, cómo le han afectado la ausencia de la madre y sus enseñanzas. Mezquinas y peligrosas a ojos de Strindberg, pues estaba obsesionado en su esquizofrenia por la idea de que el movimiento feminista sueco de la época le persiguía:  

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Ullmann opta por explorar, además, otros detonantes de la reacción de Julie. Su anodina existencia, entre los muros de la casa controlada por el padre, el fantasma de la madre y su falta de cariño, sumados a su interacción con John y su comportamiento abusivo, acaban por prender fuego a la cerilla que esperaba adormecida en su mente:

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Emociones y pensamientos que recuerdan al contexto de Ophelia que analizaba Campbell. Para Campbell no es la muerte de su padre, Polonio – en el caso de Julie sería la de la madre – el catalizador último, sino su relación con Hamlet y las consecuencias de ésta, que en la obra de Strindberg sería la relación con John. Ophelia, como Julie, virgen de la nobleza, según Campbell, que trata de librarse de las normas impuestas por “las instituciones patriarcales culturales” que trataban de “contener las pasiones naturales de las mujeres”:

“Ophelia revela una comprensión más profunda de las cuestiones mundanas que una aristocrática Virgen incluso debe admitir (…) Rechaza los códigos femeninos estandarizados que su padre le dictó, y difumina las demarcaciones entre la inocencia y la subversión”. [6]

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Esos pequeños actos de rebelión son interpretados por Strindberg como peligrosos y dignos de ser reprobados. Expresión de la misoginia que nos persigue por los siglos de los siglos, desde el acto del pecado original de Eva al que otorgó una voz barroca Milton en su Paraíso Perdido:

“¡Oh! ¿Por qué Dios, sabio Creador, que pobló los altos cielos de espíritus varoniles, introdujo en la Tierra este ser nuevo, este bello defecto de la naturaleza, y no llenó el mundo de hombres, como lo está el cielo de ángeles, sin necesidad de mujer alguna? ¿Por qué no halló otro medio de perpetuar la raza humana? No hubiera dado lugar a esta desventura ni a las muchas que de ella han de originarse, porque la Tierra experimentará innumerables males por los artificios de la mujer y por la íntima unión con su sexo.” [7]

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“Pues o no hallará el hombre ninguna que le convenga, sino la que más desdichas y desaciertos le ocasione, o la que desee le pagará en ingratitudes, entregándose a otro peor que él. Y si lo ama, se verá contrariada por sus padres, o el logro de su mejor elección resultará tardío, y cuando quede unido con el vínculo que anhelaba, lo estará a una pérfida enemiga que sólo le proporcione aborrecimiento y debilidad; de donde surjan infinitas calamidades para la vida humana y disturbios sin cuento, en lugar de la paz doméstica.” [8]

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Nada más dijo Adán y se apartó de ella; pero sin mostrarse Eva ofendida, bañado el rostro en lágrimas que sin cesar corrían por sus mejillas, y suelto y desgreñado el cabello, se postró humilde a sus pies, y abrazada a ellos, imploró perdón: Apiádate de mis ruegos; abrazada estoy a tus rodillas; no me prives de lo único que es mi vida.” [9]

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El juego entre los sexos de Strindberg oculta asimismo la lucha de clases:

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Junto a un abuso psicológico y físico que les conducirá hasta el pérfido acto de “salvación”.

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Aciago final al que Julie parece condenada por Strindberg, como los amantes de la infortunada historia de Elvira Madigan:

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Esta adaptación de Miss Julie evoca la belleza pastoral de aquel biopic dirigido por Bo Widerberg. Embriagan la hermosura de los primeros planos, de los colores, las luces de la lumbre, la noche sin fin, los tenues rayos de sol crepuscular que amenazan con poner fin a una agotadora y adictiva velada. Es una adaptación feroz, hiriente y desoladora, a la par que hermosa.

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Una belleza que trae a la memoria las mejores representaciones pictóricas de los maestros Waterhouse, Rosetti, y otros prerrafaelitas.

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Así como los versos de Rimbaud, Keats, o el ya mencionado Shakespeare.

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Una dama encontré en la pradera, de belleza consumada, bella como una hija de las hadas; largos eran sus cabellos, su pie ligero, sus ojos hechiceros.

Me llevó a su gruta encantada, y allí lloró y suspiró tristemente; allí cerré yo sus ojos hechiceros con mis labios.

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Ví pálidos reyes, y también princesas, y blancos guerreros, blancos como la muerte; y todos ellos exclamaban: ¡La belle dame sans merci te ha hecho su esclavo! ” [10]

La muerte de Julie no aparece representada en la obra, aunque Ullmann sí haya optado por una magistral recreación visual inspirada en la muerte de Ophelia en Hamlet. En la tragedia de Shakespeare tampoco somos testigos de su fallecimiento, nos llega de manera indirecta por una narración que marca uno de los puntos álgidos de la obra, y que ha sido capaz de despertar la fascinación de miles de artistas que han trasladado a imágenes los versos del bardo inmortal:

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“Donde hay un sauce que crece a las orillas del arroyo, reflejando en las ondas cristalinas la imagen de sus hojas pálidas. Allá se dirigió, fantásticamente coronada de flores silvestres, violetas, margaritas y grandes flores púrpuras a las que los indecentes labradores les dan un grosero nombre, y las modestas doncellas las llaman dedos de muerto. En cuanto llegó, se quitó la corona y quería colgarla de las pendientes ramas, cuando se tronchó un envidioso brote, y ella cayó al torrente fatal con todo y sus rústicos adornos. Sus ropas, huecas y extendidas, la llevaron un rato sobre las aguas, semejante a una sirena, en tanto iba cantando pedazos de canciones antiguas, como ignorante de su desgracia, o como criada y nacida en aquel elemento. Pero no era posible mantenerse así por mucho tiempo, porque sus vestiduras, pesadas por el agua que absorbían, sumergieron a la infeliz, silenciando su melodioso canto con la muerte.” [11]

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Bachelard reconoce en la muerte en el agua de Ophelia:

“El elemento de la muerte joven y bella, de la muerte florecida y, en los dramas de la vida y de la literatura, es el elemento de la muerte sin orgullo ni venganza, del suicidio masoquista.” [12]

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“Se aparecerá por siglos a los soñadores y a los poetas, flotando en su río, con sus flores y su cabellera extendida sobre al agua. Dará motivo a una de las sinécdoques poéticas más claras. Será una cabellera flotante, una cabellera desatada por el agua.” [13] 

ophelias

Los elementos de la naturaleza no sólo aparecen en su muerte. Ullmann no olvida esos detalles e introduce un pasaje en el que la joven habla de su jardín, más allá de los muros del castillo del barón:

“Al otro lado de ese muro, tengo un lugar mío, un jardín secreto. Allí no hay viento. Me refugio allí cuando estoy ansiosa. Cuando era niña, justo después de morir mamá, tenía la esperanza de que todo mi jardín se llenara de animales. Estarían allí para cuidar de mí.” [14]
bosque

“Allá lejos, más allá del pinar, hay un jardín pequeño. Crece en él una hierba espesa  y alta; en él se abren las pálidas estrellas de la cicuta; en él canta el ruiseñor toda la noche. Toda la noche canta y la fría luna de cristal mira la tierra, y el tejo secular extiende sus brazos gigantescos sobre los durmientes…

 — El Jardín de la Muerte, quiere usted decir – murmuró.

— Sí, de la Muerte. La Muerte, ¡debe ser tan hermosa! Descansar sobre la tierra oscura y suave, bajo la hierba acariciada por el aire, y escuchar el silencio… No tener ni ayer ni mañana. Olvidar el tiempo, perdonar la vida, reposar en paz.” [15]

Cuando era niña, tenía la esperanza de que todo mi jardín se llenara de animales. (2)
La conexión con la naturaleza que ha introducido de esa forma poética Ullmann, aparece en el prefacio de la obra cuando Strindberg somete el destino de Julie a la influencia de ciertos elementos como los animales, las plantas, y los astros. Detalles que recuerdan tanto a Ophelia como a la relación de los personajes femeninos con la tierra en la Trilogía de la depresión de Lars von Trier, en particular a She (Antichrist, 2009) y a Justine (Melancholia, 2011):

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“En las aguas profundas que acunan las estrellas,

blanca y cándida, Ofelia flota como un gran lilio.

El viento, cual corola, sus senos acaricia

y despliega, acunado, su velamen azul;

los sauces temblorosos lloran contra sus hombros.

¡Oh tristísima Ofelia, bella como la nieve,

muerta cuando eras niña, llevada por el río!

Y es que los fríos vientos que caen de Noruega

te habían susurrado la adusta libertad.

Y es que un arcano soplo, al blandir tu melena,

en tu mente transpuesta metió voces extrañas;

y es que tu corazón escuchaba el lamento

de la Naturaleza – son de árboles y noches.” [16]

Mara Vega

 

[1] – STRINDBERG, August, 1888. Prefacio de Fröken Julie (La señorita Julia).

[2, 12, 13] – BACHELARD, Gaston, 1942. L’Eau et les Rêves (El agua y los sueños).

[3, 4] – SHAKESPEARE, William, 1603. Tercer acto, Escena IV de Hamlet.

[5, 6] – CAMPBELL, ERIN E., 2004. “Sad Generations Seeking Water: The Social Construction of Madness in Ophelia and Quentin Compson.” The Faulkner Journal.

[7, 8, 9] – MILTON, John, 1667. Paradise Lost (El Paraíso Perdido).

[10] – KEATS, John, 1884.  La Belle Dame Sans Merci.

[11] – SHAKESPEARE, William, 1603. Cuarto acto, Escena XXIV de Hamlet.

[14] – ULLMANN, Liv, 2014.  Miss Julie. Guión adaptado de Fröken Julie (1888) de August Strindberg.

[15] – WILDE, OSCAR, 1887. The Canterville Ghost (El fantasma de Canterville).

[16] – RIMBAUD, Arthur, 1870. Ophélie (Ofelia).

Todas las imágenes pertenecen a las películas: Miss Julie (Liv Ullmann, 2014), Hamlet (Kenneth Branagh, 1996), Elvira Madigan (Bo Widerberg, 1967), Antichrist (Lars von Trier, 2009), Hamlet (Laurence Olivier, 1948) y Melancholia (Lars von Trier, 2011); y a los cuadros prerrafaelistas y románticos: The Painted Heart/ Sigh No More Ladies (Arthur Hughes, 1868), Veronica Veronese (Dante Gabriel Rossetti, 1872), La Petite Ophelie (William-Adolphe Bouguereau, 1875), Ophelia (Pierre Auguste Cot, 1870),  The princess out of school (Edward Robert Hughes, c. 1901), Ophelia (Arthur Hughes, 1852),  Eve in the Garden of Eden (Anna Lea Merritt, 1885), Ask Me No More (Sir Lawrence Alma-Tadema, 1906), Ophelia (John William Waterhouse, 1910), Miranda – the Tempest (John William Waterhouse, 1916), Lamia and the Soldier (John William Waterhouse, 1905), La Belle Dame sans Merci (John William Waterhouse, 1893), Ophelia by the pond (John William Waterhouse, 1894), The Lady of Shalott (John William Waterhouse, 1888), Martyr in the Catacombs ( Jules-Cyrille Cave, 1886), La Jeune Martyre (Paul Delaroche, 1855), Ophelia (Sir John Everett Millais, 1851-1852), Ophelia (John William Waterhouse, 1889), The Mystic Wood (John William Waterhouse, 1914-1917).

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