CEMETERY OF SPLENDOUR

I. LO ENFERMO

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Llevo semanas o incluso meses habitando un tiempo anillado a sentimientos profundos, unas emociones que me embargan colapsando un corazón que bombea a ritmos vertiginosos. Desde que vi Cemetery of Splendour una psicosis alucinatoria agarra una memoria que en lo sintomático y en lo sensible escapa a toda dimensión o medida de tiempo, supe en su primer visionado que esa necesidad de otear desde las alturas del riesgo iba más lejos que cualquier otra película, iba más allá de lo irreal o del formato, más incluso de una sensación que experimentamos en esa sala oscura. Estando en la sala, en esa o en otra de las muchas salas de cine en las que he compartido espacio junto a una serie de desconocidos, meditaba en la comunión no siempre feliz de estar unidos bajo un mismo foco de luz, una densa niebla ciega que nos llama a centrar nuestra atención a una sola vez, en un punto misterioso.

La energía luminiscente o incluso el ruido mecánico de los rodillos surgidos del proyector de celuloide portaban un miedo penumbroso apuntalando lo inconsciente de un espectador obnubilado, esclavo de las sustancias opiáceas del cine.

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Ahora aparcando momentáneamente la obra de Apichatpong, exponiéndome, abandonándome a sus imágenes divago sobre la posibilidad o creencia de comparar la sala de cine, el patio de butacas, el salón de proyección, con un cementerio lleno de tumbas, butacas sumergidas en el descanso o reposo de un cuerpo que respira artificialmente reprimido en las pulsiones del cinematógrafo. La muerte fingida acomete en la mirada una espiritualidad o un viaje a ninguna parte, por la cual renunciamos a lógicas o a rutas marcadas consumiendo un sueño inducido, un sueño impregnado de partículas invisibles. Ese estado de duermevela, de muerte paralela, de relajación cognoscitiva irradia, en la hermenéutica del cine, la idea comunal de muchas miradas juntas esquivándose entre ellas atándose a la par en una visión exclusiva: una sustancia que forja otras distintas en ellas, una materia imaginaria cuyo propósito no es medirse con el espectador, doblegarse a las patrones narratológicos, sino librarse de distancias para siempre.

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Cemetery of Splendour articula sensorialmente una escritura dialogante entre vivos y muertos, o lo que es más increíble todavía, una línea de comunicación que olvida los parámetros de nuestra existencia para ceñirse en su estado natural, a una bipolaridad emocional, de lo fantasma como lugar transformante, como lugar compartido, como misma cosa, la vida y la muerte son en ella figuras, modelos, invitaciones que avivan o declinan lo contemplativo en unas imágenes parabólicas que hipnotizan ante lo que interpretamos en la pantalla.

Creo que el cine es una rara enfermedad, pasas por un trance onírico que narcotiza los sentidos engañándolos sutiles en la fenomenología de los efectos.

Como enfermedad la película de Apichatpong emprende una proyección suicida dibujada en los sueños de unos soldados venidos de ninguna parte. Héroes de guerras atemporales, los pacientes representan no solo una parte de la historia tailandesa sino la historia universal, aquella mitología que insta a reconocer las gestas del campo de batalla donde los valientes surgen suspendidos en un intermitente sueño, que no es ni más ni menos que el del arraigo de una pantalla de cine en torno al espectador (sujeto paciente) en su butaca.

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En lo personal Cemetery significa un miedo privado de distancias focales con los que que guardan espacios a nuestro alrededor, ese pavor por no sintonizar con nadie sentirte aislado en una llanura desierta que muta a cada segundo. En ello descubrimos esa luz que da esperanza a la ceguera, aferrándonos a las imágenes de una mirada contemplativa que simplemente aspira a sentir un vinculo. Es asombroso en lo fílmico la estudiada composición del color, el uso de los verdes y azules con los que tiñe la habitación del hospital. Lo cromático reclama una capacidad placebo en los destellos fluorescentes que emanan de los tubos sedantes de los enfermos. Ordena y desordena salpicando la pantalla de flujos subyacentes derivados de una fantasía de la realidad, de un plano abierto capaz por si solo de influir en las pulsiones de la mente.

 

La única vez que tuve miedo de verdad en un cine fue cuando en medio de la oscuridad escuché un grito y al poco un hombre se levantaba con una mujer en brazos saliendo apresurado de la sala. Después en el vestíbulo la mujer vomitaba sangre, esos minutos antes de que llegara la ambulancia los recuerdo con pesar y dolor, ya no por lo que le ocurriese a la mujer, de la que nunca supimos nada más, sino de lo que pudo generarse dentro de la muchedumbre del patio de butacas. Un estado de enfermedad que brotaba maldito en el cuerpo de una persona, algo que se rompía por dentro sucumbiendo a la densidad de un lugar que nuevamente suponía cuna, nacimiento, y muerte, declinar.

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Donde cine significa no solo misterio, no solo magia también desesperación, también obsesión. Partes de tocar el cielo hasta hallar tocar el fondo de la tierra. Se me ha venido este recuerdo a la cabeza pensando en la escena de Cemetery of Splendour en las escaleras mecánicas del centro comercial, donde Apichatpong arde en filmar lo infilmable. Lo vertical de un edificio de salas de cine imagen formante de una presencia invasora, un cine del que entramos vivos de una pieza y salimos rotos en un estado de sonámbulo aplicado a lo fugaz de la pantalla vacía, de la pantalla en blanco, de la pantalla que nos mira intensa fija sin pestañear hacia lo mas profundo de nuestro ser.

 

DAVID TEJERO

II. LO SOTERRADO

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La gente cercana a mí sabe que sufro parálisis de sueño, estos episodios se producen cuando tengo mucho estrés y hay ocasiones en las que durante la noche me puede pasar varias veces. La primera vez me pasó pensé que iba a morir, el cuerpo no me respondía, los músculos no querían obedecerme y lo peor de todo es que era absolutamente consciente de lo que te estaba pasando. Durante estos episodios a veces el corazón se me acelera tanto que puedo notar el latido en el hueco auditivo, es una sensación angustiosa, al menos lo fue las primeras veces. Cuento esto porque quién me conoce  sabe también la inquietud que me produce entrar en la sala de cine, para mí es una experiencia muy cercana a la muerte, una experiencia realmente parecida a la parálisis del sueño. La conciencia en duermevela y el cuerpo a merced de las imágenes. Por eso casi nunca permanezco quieta sobre la butaca, me muevo mucho y gesticulo. Podría decirse que veo con todo el cuerpo y la película entra en mí, permito que me atraviese, la experimento a través de mí y de alguna forma intento rebelarlo de la misma forma que lo despierto cuando sufro los episodios de parálisis.

Cuando sufro parálisis del sueño tengo los ojos cerrados pero eso no impide que yo vea, las imágenes se suceden como si fueran diapositivas detrás de mis ojos y el tiempo cobra una dimensión alucinada y se percibe distinto. Muchas veces tengo miedo de no despertar, tengo miedo de que ese estado pueda ser permanente, luego pienso que no hay nada permanente, ni siquiera la muerte lo es. En ese estado de semi-consciencia, donde no hay sueños, donde no hay absolutamente nada que no sea esclavo del cuerpo, me siento más lucida que nunca.

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La forma en la que los espacios se superponen, una hospital que antes fue una escuela que antes fue un cementerio de reyes, es también la forma en la que se imbrican en las conciencias las historias que van quedando hundidas unas sobre otras. Recuerdo conversar con David en Sevilla la noche en la que vimos la película que si existía un estado de conciencia que pudiera asimilarse con el cine era Cementery of Splendour la película que mejor podía representarla.

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Los personajes se deslizan por la superficie del mundo como posados, sabedores de que bajo sus pies se desliza una memoria que arrastra con ella demonios de un tiempo pasado, sedimentos fantasmas que aún hoy perviven dando forma a un tiempo presente. Recuerdo decirle a David que ver Cemetery of Splendour había sido como recibir un masaje, esto tiene mucho que ver con la manera en la que filma Apichatpong, concentrando los lugares al perímetro del hospital, el bosque cercano y dos localizaciones exteriores. Movimientos pequeños de cámara que se traducen en movimientos pequeños de los personajes, una rítmica de las manos cuando masajean a los soldados que permanecen durmiendo, o las coreografías que llevan de un estado a otro,  un caminar que es casi un flotar en el espacio y donde las líneas entre sueño y vigilia e incluso entre ficción y documental se desvanecen.

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Cuando vi Cemetery of Splendour pasé por diferentes fases: asombro, asco, tedio fascinación… pero tenía la sensación de estar asistiendo a una obra inmensa. Es esas películas que al ser montadas adquieren la clase de armonía reservada solo para unas pocas, que son capaces de reflexionar por encima de sus propias imágenes, y a pesar de ello, tan ligadas a la materia que las han originado.

1Tiendo a pensar que las películas nunca son las imágenes que las conforman, son otra cosa, y en cambio Cemetery of Splendour lo es. Y no lo es. Porque quizá unas de las cosas más fascinantes, y sí vuelvo a usar la palabra fascinante, es que en la película todos los espacios, son siempre otro espacio, otro lugar, otro tiempo. Todos los lugares son siempre otra cosa, o han sido otra cosa, Apichatpong tiene la capacidad casi arqueológica de mostrarnos mágica pero estratigráficamente los diferentes niveles de la imagen, atravesada por la Historia pero constituida por una sustancia que aún desconocemos.

 

Déborah García Sánchez-Marín

 

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